La música es objeto de atención recurrente en la obra del escritor nacido en Verneuil-sur-Avre, él mismo intérprete de distintos instrumentos, entre los cuales, la viola de gamba y descendiente de un modesto linaje de organistas. Unos años antes de narrar estas estampas de una vida posible de monsieur de Sainte Colombe, escribió un breve relato sobre su discípulo que se publicó como parte del volumen La lección de música (Funambulista, 2005), en la que ya aparecía la iteración quignardiana del compositor. Pero incluso en ensayos y novelas que se ocupan en primera instancia de otros asuntos, Quignard ha deslizado su preocupación por el sonido como tema literario y filosófico, del proceso que ha conducido al ser humano desde sus primitivos gruñidos y balbuceos silábicos a las más sofisticadas composiciones. En Butes (Sexto Piso, 2011), escribió sobre aquel argonauta órfico que, en lugar de atarse al mástil de su embarcación, sucumbió al canto de las sirenas. En El odio a la música (Cuenco de Plata, 2012) compartió sublimes reflexiones a propósito de los peores usos de la música, que también puede ser elemento de tortura, como sucedió en los campos de exterminio, o banalizada hasta el extremo de lo insufrible como sucede en tantas cadenas de tiendas de ropa y supermercados.
Todas las mañanas del mundo también es un texto atravesado por reflexiones a propósito de la música. La escena más conmovedora de la novela —en la que el espectro de la esposa difunta de Sainte Colombe se le aparece al viudo cuando años después de su muerte se atreve a volver a tocar la pieza que compuso en el instante primero del duelo— sirve como bellísima y sencilla metáfora de aquello que el hombre solo logra alcanzar durante el momento que dura la experiencia del arte y que se le escurre entre los dedos una vez cierra el libro, cuando vuelve la espalda al lienzo. O también: “La música está simplemente ahí para hablar de lo que la palabra no puede hablar”, nos lanzará hacia el final de la novela este M. de Sainte Colombe ficcional en conversación con su aprendiz Marais.
Con todo, y a pesar de lo estimulante que resulta el pensamiento musical de Quignard y sus derivaciones, no ha sido la veta temática de la novela por la que me he sentido más interpelado. Y es que el interés de una figura como la de monsieur de Sainte Colombe no diría que se encuentre tanto en sus aportaciones al cuarto arte como en su decisión de retirarse del mundo, de guardar silencio y hurtarse a la vida pública, de consagrarse a la intimidad y a la música, también a sentir dolor y añoranza por la esposa prematuramente muerta. “Un día que concentraba la mirada en las ondas de la corriente, se adormeció y soñó que penetraba en el agua oscura y que moraba allí. Había renunciado a todas las cosas que amaba en esta tierra; los instrumentos, las flores, los pasteles, las partituras enrolladas, los ciervos volantes, los rostros, las fuentes de estaño, los vinos”, describe Quignard la radicalidad del deseo de su protagonista.
Ese deseo Sainte Colombe puede satisfacerlo solamente a medias, en parte por la existencia de dos hijas que han quedado su cuidado, y sobre todo por la insistencia del rey Luis XIV de que sirva como músico de cámara para él. El reclamo de la corte introduce en el texto la tensión entre la exigencia social de mostrarse y la voluntad del protagonista de permanecer en el ámbito de su intimidad. La elección del protagonista es la de permanecer retirado en su cabaña, con sus hijas, entre árboles y escuchando el arrullo del viento, incluso a pesar de las amenazas o el desprecio que conllevan. “Os vais a pudrir en vuestro fango, en el horror de las afueras, ahogado en vuestro arroyo”, le espeta un sacerdote enviado por el monarca. “Los ahogados sois vosotros”, replica Sainte Colombe.
La obstinación que Quignard imaginó para monsieur de Sainte Colombe en 1991 ha adquirido en los últimos años una nueva vigencia. La contemporaneidad parece configurarse como un rechazo total del modelo de vida y de relación con el arte que representa el protagonista de la novela. Los músicos o los escritores que marcan el presente no son quienes componen las obras más interesantes, sino aquellos que consiguen una mayor cuota de pantalla en los medios de comunicación y las redes sociales. Algunos editores, antes casi de leer un manuscrito, corren a averiguar cuántos seguidores tiene ese autor en Instagram o en TikTok. Muchas personas que comienzan a tocar un instrumento o que reciben clases de escritura creativa sienten antes el deseo de la popularidad que el impulso de crear una obra, de comunicarse, de abrirle una grieta a la realidad. Es decir, que la dinámica capitalista ha logrado imponerse y dominar también lo que significativamente llamamos industria cultural. Y es por esto que la figura que escribe Quignard resulta tan provocativa, inspiradora y reconfortante.
Provocativa e inspiradora por cuanto Sainte Colombe nos muestra la posibilidad de desafiar al rey, a la corte, al poder. Y reconfortante porque a pesar de su decisión de retirarse y de los malos augurios de sus detractores —“Moriréis consumido como un ratoncito en el fondo de vuestro gabinete de tablas, sin ser reconocido por nadie”, profetizan— su relación tan genuina con la creación ha logrado mantener vivo lo que de veras importa: no su nombre propio o su retrato, sino sus ideas y sus composiciones. III